Las piernas que no estaban esa noche en su lugar

 

Un bar, media luz, ruido, club, la espera y expectativa y unas piernas que caminaban solas y que hablaban de lo que les gustaba hacer y de lo que no. De lo que duelen las rodillas cuando te hacen el amor en una posición que nada más es ideal en la revista Cosmopolitan y en dos películas porno, sólo ahí. Unas piernas que caminaban de un lado a otro y que para colmo de males las llevaba puestas una rubia de ojo verdes que para él no estaba en el lugar correcto.

Su lugar era otro y yo no sé su imaginación hasta dónde podría llegar, podría ser su regazo o sus hombros, que se yo. Provocándole cosquillas porque creo que es lo único que podría provocarle. Pero en lugar de eso, las piernas estaban arriba del escenario y hablando de lo pesado que son algunos hombres y de las malas elecciones de vida que le tocan a una en este sendero del amor.  Pero también hablaban de lo locas que podemos llegar a estar algunas, me incluyo. Del feminismo de redes sociales y de lo extremo que suena hablar de derechos de igualdad.

Yo estaba abajo y observaba desde ese pequeño universo que era el antro, como nos comportábamos todos. Y lo veía a él, midiéndola, haciéndole bromas pesadas, intentando por todos los medios bajarla de ese estrado y quiero aclarar que no físicamente. Primero intentó adularla, no pudo. Luego su hombría se vió afectada cuando no contestó y le llamó lesbiana, como si eso fuera ofensivo. Luego le llamó puta, cuando quiso ofrecerle dinero, un trago o algo más para interrumpir la rutina. Intentó todo.

Era una noche de comedia y ahora como todos sabemos ha muerto la época de POLO POLO en dónde era muy simpático contar la historia de cómo el “ñor” llega borracho lo cacha la mujer que esta en tubos y crema verde con pepinos y le reclama y él sale airoso de la situación, sonoras carcajadas llegué a escuchar. Y no me ofende. No soy yo la señora con el pepino en los ojos. Literal.

Pero a él si le ofendió, le ofendió todo el tiempo, porque ese objeto, esas piernas que caminaban con un escote y que hacían reír a todo el mundo, no estaban en el lugar correcto. Las piernas con cabello rubio  debían o estar sirviendo un trago o estar al lado suyo aguantando las pesadeces de un señor sesentón con olor a alcohol y medio pelón. Y entonces interrumpía a cada rato su número.

Cuándo me preguntan acerca del feminismo o cuando leo memes de feminazis y de equidad de género me da tanto que pensar y digo ¿en verdad no lo entienden? No es que se paren del camión y me den el lugar. No. Ni que me abran la puerta, ni siquiera es que me dejen abortar o no. El feminismo va más allá, es una lucha constante por abolir la misoginia, esa actitud del hombre de ver menos a una mujer y de volverla objeto de ponerla no si bien en un pedestal si en una banquita decorativa. Porque en verdad su cabeza no les da que puedan hacer otras cosas, como hacer reír a hombres y mujeres hablando abiertamente de sexo, burlándose de situaciones y vistiendo tan atractiva o demandante como le de su gana ser. Se trataba de una actriz y profesional del escenario. Estaba haciendo un performance. Que risa que no lo viera.

No concuerda, algo falla, no puedes ser rubia y exuberante en un vestido que queda debajo de las nalgas, dos centímetros y ver que en verdad está siendo un show que entretiene a todo el público.

Después de interrupciones con mala educación y de creerse el primo hermano de Alfonso Zayas y al ver que no podía más (no pude con mi alma) cuando él voltió a ver al público se puso de pie interrumpiendo una vez más la rutina y les dijo a boca de jarro: “Bueno que, no le vamos a dar un aplauso a esas piernas que están ahí”, su último recurso para ya callarla. No a la chica, no a la comediante, no a la actriz, no a la mujer. No. No podía. Literal dijo: “un aplauso para esas piernas”. Creo que nunca supo que su nombre era Marcela Lecuona.

Y como esta vida se trata de equilibrio porque las reglas universales son inquebrantables, desde el fondo del bar se escucha a un hombre de mediana edad acompañado de SU ESPOSA no como el otro que iba con una amiguita. Y el señor acompañado de su esposa de 33 años de matrimonio le contesta: ¡SI TÚ NO PUEDES, NO PIDAS AYUDAS COMPADRE! La esposa orgullosa se le quedó viendo y le apretó la mano.

Le hizo ver que si no podía hacerla callar no tenía que pedir ayuda a todos los machos que podrían encontrarse en la sala, si no le gustaba el show y lo avergonzaba, lo sano hubiese sido salirse del bar. Pararse, retirarse y punto.

Ella seguramente está acostumbrada. ¿Pero ellos lo están?

¿Dónde van esas piernas?

¿Por qué no dejas que caminen y se dirijan a donde les de su rechingada gana ir? Y si es conquistando en tacones, ¿qué puede salir mal? Ábrele camino, en una de esas te decimos que nos acompañes y tal vez te vaya bien.