La locutora que creía en los cuentos de hadas

Si a mí me hubiesen contado que Blanca Nieves no se despertó cuando la besó el príncipe azul, sino un leñador con cara de que en otra vida fue un Dios descomunal, fuerte y sudado, pero con ojos de borrego a medio morir. Mi vida sería diferente.

Si me hubieran dicho que la otrora señora Nieves era guerrera, no solo princesa, que montaba a caballo como amazona, que se levantó contra la reina y que para sobrevivir en el bosque aparte de vivir con los 7 hombres robaba para mantenerse, insisto mi vida sería diferente. Pero no más, ahora me tocará a mí contar cuentos. Y como el cuento que más me gusta es el de Cenicienta, será a mi forma, con todo y audio libro, para que mi hija y nuevas generaciones tengan otra visión y no espere al príncipe con los labios color carmín a medio sellar.n

Le diré:

Érase una vez una princesa que se llamaba Cenicienta, que sus amigos eran unos ratones, pero que en verdad eran parte de la servidumbre, solo que sufría un poco de alucinaciones para escapar de la realidad, porque tenía una madrastra que por cabrona se casó con su padre, ya que el padre como la mayoría de los hombres viudos se encontraba solo y se agarró a la primera que le dio la entrada.

Ella si limpiaba y limpiaba, pero por bruta porque bien que las podía haber mandado a la chingada… La Ceni se la pasaba con sus pajaritos e inventaban cancioncitas hasta que llegó el príncipe y se enamoró desde la primera vez que lo vio (pues ¡cómo no! ¡Si solo veía ratones que le hablaban!)

¡Ah! Pero tenía dos hermanastras que eran bien de moral relajada y éstas se le andaban pasoteando al príncpe que ya le urgía matrimoniarse, más bien al padre, andaba pensando que su hijo podría ser del otro bando y quería taparle el ojo al macho.

Pasan mil cosas muy aburridas hasta que llegó el día en que el príncipe quería conocer a la futura esposa… y ¡zas! que organiza un baile.

A la Ceni, las pinches hermanastras le desbarataron un vestido bien bonito, pero muy jodido que le habían ayudado a hacer los ratones (yo creo que era un poco ezquizoide mijita, por eso de los ratones).

Lloro y lloró porque no iba a ver al príncipe pero que llega de repente una ñora. Y le dice: Mira mamacita (tronándole los dedos) no seas tonta, ven que te arreglo y te me vas directo al baile, te haces la inocenta, llegas como “distráida” y te le metes al príncipe. A las 12 te regresas porque el vestido es prestado mana.

Y a la voz medio desentonada de:

“SALCHICOMULA, DIBIBIDI BADI BI DU… “(es que andaba media borracha) que la transforma.

Llega al baile, ve un buen de viejas todas queriéndole agradar al príncipe y de repente algo le da y dijo: -¡ah chinga! Todas peleándonos por él, pos´ ni que fuera que o que o ¿cómo?

Se agarró las enaguas del vestido y se salió del baile, el príncipe la siguió y ella elocuentemente articuló (para que suene rimbombante mi cuento) – “¡No me sigas! Yo quiero ver el mundo, ya que salí de mi castillo no me voy a venir a encerrar a este”.

El príncipe exclamó: – Ven, cenicienta, no te marches.

Ella: (levantándose el vestido que le quedaba grande) -“Que no, que no…¡Dije!. Y si me sigues ¡te aviento la zapatilla!

Y madres. ¡Que se la lanza!

Se largó, se fue a vivir a una posada.

Se puso a trabajar de camarera en un hostal.

Luego estudió costura y bordado y empezó a hacer diseños de vestidos y zapatos.

En la comarca todas las doncellas iban y le compraban sus zapatillas exclusivas con diseño único.

Después cuando ya tenía 25 y no 16 como cuando pasó todo lo del trance del príncipe, se fue de viaje con una lanita de los zapatos que hacía, encargó el negocio a la ñora que la había ayudado y la hizo su madrina.

Se fue. Y recorrió el mundo.

Al año regreso guapa, trendy en puntas influencer, escándalo. Y segura de lo que quería.

Una tarde, diseñando sus zapatos llegó un forastero, éste era un caballero de la mesa redonda, guerrero que luchaba a favor de ideales y que a pulso y gallardía se había ganado el título nobiliario.

Se vieron, se gustaron, salieron un rato, como 5 meses.

La Ceni, después de mucho viajar ya sabía de los menesteres de la vida conyugal, así que quiso probar la mercancía antes, no vaya siendo que después le salieran con alguna “cosita” … ya había oído muchas historias de esas de las comadronas.

 

Pero ¡oh sorpresa! Le encantó todo el asuntito.

Después de otros 5 meses decidieron fijar la fecha de la boda.

 

Se casaron, ella siguió con la venta de zapatillas que ya ahora eran por catálogo. Y ponía a varias muchachas a vender.

Él se iba de vez en vez a la guerra, pero como era bien reata, no se lo mataban (digo algo de mágico debe tener el cuento).

 

 

Y así…colorín colorado ese cuento no ha acabado.

Porque no vivieron felices por siempre.

Se pelearon, negociaron, tuvieron dos hijos, le dio depresión post parto, se enamoraron otra vez, el casi le es infiel una vez, ella lo corrió de la casa… regresaron… luego el perdió la chamba, luego se recuperó y lo nombraron duque, se fueron a vivir al reino, ella se enamoró del lacayo, pero luego pensó que era una tontería.

Los hijos crecieron y ellos siguieron juntos, con días buenos y con día malos, pero al final de cuentas… días tratando de estar juntos.

-Mami, y ¿en que acaba?

-No sé hija… Son de esas princesas de un cuento infinito…